El Jardí­n de Colombia

Jardí­n! ¡Jardí­n! estás verde en la ladera.., de la cresta del filo veo tu noble trinar.  Eres el jardín que yo escribo, el que mueve el viento sus árboles y la palma de cera su andar.

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Jardí­n en el sudeste de Antioquia Colombia

En el Jardí­n el canto brota del río Claro, Dojurgo y San Juan, y la mejor melodí­a se queda entera en la Cueva el Esplendor.

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En el Jardí­n de Colombia todaví­a se escuchan a los chamí­es caminando por las subiendas, descansando en la ladera, postrándose frente al horizonte. Las crónicas retratan sus andanzas y recogen la figura de Hermógenes, Indalecio Álvaro, Nepomuceno Giraldo y José Marí­a Gómez como fundadores, en 1863.

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Ramilletes de flores y piedras perfectas se tendían para cuando iniciaba airoso sus tiempos primeros. Y así­, mano a mano fueron aproximando la roca y trenzando lento fachada y altares de la Inmaculada Concepción, la iglesia que apunta ahora derechito al cielo. El tí­n de su campana no se ha olvidado, feligreses conocen el son, acuden responsables al llamado.

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La alegría se confunde con el color de los balcones y se enreda entre dulces y montañas que permiten el contacto con el ojiamarillo loro; el camino a la Herradura y la Bonita, la quebrada, que en un abrazo sereno forman el Charco del Corazón. Despierta pasión el nombre. Este Jardín bonito apunta belleza en las entrañas. Brillos de sembrados en las cabeceras y canta el pájaro en su ponedero.

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El lulo, el frijol, el banano y el café comedidos están para las bocas que solicitan, se mueven en las fincas, colorean las cordilleras. Amanece el rocío puesto en el haz de las hojas, circula en el musgo triturando la monotoní­a.

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En Jardín transcurre el tiempo entre los vistosos taburetes que participan del acento de la conversa que se intercambian entre los visitantes y lugareños y entre los balcones, amarillos, azules y rosados y etc. Entre las casas de tapias y sin aldaba.

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Los pies en el sudoeste antioqueño, se mezclan con las sonrisas y parpadeos de contento, se mueve el paladar con el tinto vespertino y termina la noche con un inusual canto en el Yarumos.

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De dos dulces y flores suele hablar el amanecer, trina la guacharaca y alza vuelo la pava, se empina una tonada, responde un suspiro y el gallito de las rocas se agasaja.

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Y las noches es toda para nosotros, cuando la luz baja la voz, se enciende el vino.

Doña Mariela Guarín dice con su parsimonia acostumbrada.

—Puedes ir:  para las caminatas ecológicas

–Avistamiento de aves.

–Pasar por la cueva el Esplandor

— Andar por la quebrada La Linda

–Disfrutar de los dulces del Jardí­n

–Entrar en la basí­lica La Inmaculada Concepción

–Tomar un tinto

–O un vino nocturno.

–El que no ha querido venir que haga la forma y venga que aquí en el Jardín se come bien y se pasa bueno.—-

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