En Cartagena de Indias, Colombia

En cartagena la de Indias

Caminaba el siglo casi XVI, para ser un tanto exactos, y los españoles vení­an rodeados de una negrera de gente que desembarcaban casi compartimentándose acallados en los propios huesos; el mismo miedo dominada la poca piel que aún quedaba adherida al armazón de cuerpo que traían. Sandoval los recibí­a bien rápido, eso sí­. Y les atendí­a, con la recuperación o el bautizo ritual estructurado. De 10 en 10 les llamaban y seguían las preguntas respectivas:

–De qué parte de África eres?

–Estás bautizado?

Entonces, seguía la cuestión de aceptar el bautizo tres veces preguntado, o mejor dicho hasta que estos dijeran que Sí, que aceptaban limpiar sus almas malditas con el agua que iba a voltear por sus cabezas. Luego, luego, pasaban a ser vendidos para el Virreinato peruano, a las haciendas, o se quedaban con los señores de la Cartagena de Indias. Mil tácticas y una centena de estrategias pintaron en nombre de la resistencia; soportaban la esclavitud, la servidumbre y los varios trabajos forzados a los que fueron sometidos en tierras de las que jamás oyeron hablar. Cartagena era un depósito de esclavos y las manos de estos fueron las encargadas de cargar y descargar mercancí­as, levantar edificios, calafatear los barcos, cuidar el ganado e incluso defender la ciudad.

¿Y los indí­genas?, se preguntarán ustedes.

Mis estimados lectores del viaje, ellos estaban acorralados por los tantos virus alojados en los mosquitos del litoral y las Ciénegas. Cada vez fueron disminuyendo, las enfermedades iban barriendo lentamente, y el otro tanto de penumbras que los blancos trajeron, no era para menos. ¿Se figuran la reacción primera de los nativos al ver aparecer en sus playas hombres blancos y barbudos nunca vistos; asomados de esas lejanías? Antes de la llegada de los españoles estaban dedicados a las actividades de orfebrerí­a, alfarerí­a y se ocupaban de asuntos de ingenierí­a.

Un dí­a, a las luces de eso de septiembre se prendió la fiesta que casi encendió el querer, el enigma y las malas lenguas. En la casa del muy mentado don Miguel Martí­n, judí­o y cristiano de buena fé, bautizado, se armó el ágape por el querer de varios que llegaron en los galeones. Dicho sea de paso, Cartagena se convirtió en el puerto principal del Nuevo Reino. Y aquí­ se juntaban o llegaban las embarcaciones que partí­an con el oro derecho a la corona española. Y así­ partí­an, hasta que les atacaron los piratas en mar adentro. Y bueno, la cosa se puso peluda.

Don Miguel Martín entonces era comerciante, vivaracho y muy recorrido, conocido y visitado por extranjeros. Dueño de una pulperí­a, también tení­a una posada. Se le ocurrió que debí­a ponerse de festín con otros varios extranjeros y con luminarias. Uno de aquellos que vio por la rendija declaró que estaban con 40 velas, cuatro candelabros y Miguel Martín tumbado en el suelo con la mitad de su cuerpo desnudo y mostrando todas sus vergüenzas. Este que chismorreaba entro y pidió lumbre. Le ofrecieron aguardiente y le mencionaron que estaban de fiesta. Así que la Inquisición les cogió del cogote a algunos como a don Miguel Martí­n de Constantinopla, les clavó 200 azotes por el lomo desnudo en las calles de Cartagena y luego les desterró para siempre de las Indias, por herejes, apóstatas y por ser presuntos judaizantes…

Así que La Cartagena de Indias puede mostrarte su historia detrás de las murallas y por encima del abrazador sol caribeño. La brisa se levanta y define las formas femeninas. Se acentúan los vivaces colores en los extraños y los propios acentúan sus ventas desde su papel de anfitriones. Por dentro de la Ciudad Vieja como lo llaman, los mentados: Bolivar, Heredia y Claver siempre hacen presencia. Suena vallenato en el parque Madrid, Bailan champeta en la plaza Bolivar. Y los caminos van por la calle de la Soledad, la del Pozo y la Aguada, y junto al museo naval se hunde el sol llevando las nostalgias del pasado y abraza la noche con el sonido de las carrozas que traen a los caballos, espero muy bien alimentados.

Le pone fin a esta conversa, la arepa de huevo, un bollito enamora, un conjunto de gaitas, maracas y una erótica tónica que lo dice una mujer, y dice: los hombres con las mujeres siempre viven enredaos cuando menos piensan resultan enamoraos.

Y la historia en fotografí­as va más o menos así­

La historía por acá discurre:
Caminaba el siglo casi XVI, para ser un tanto exactos, 

y los españoles venían rodeados de una negrera de gente que desembarcaban casi compartimentándose acallados en los propios huesos…

…el mismo miedo dominada la poca piel que aún quedaba adehira al armazón de cuerpo que traían.

Sandoval los recibía bien rápido y les atendía con la recuperación o el bautizo.

Entonces, seguía la cuestión de aceptar el bautizo, aceptaban limpiar sus almas malditas con el agua que iba a voltear por sus cabezas.

Entonces, seguía la cuestión de aceptar el bautizo, aceptaban limpiar sus almas malditas con el agua que iba a voltear por sus cabezas.

Cartagena era un depósito de esclavos y las manos de estos fueron las encargadas de la música…

de cargar y descargar mercancías, levantar edificios, cuidar el ganado e incluso defender la ciudad.


¿Y los indígenas?
se preguntarán ustedes.
–ellos estaban acorralados por los tantos virus alojados en los mosquitos del litoral y las Ciénegas.–

Un día de septiembre se prendió la fiesta que casi encendió el querer, en la casa don Miguel Martín, judío y cristiano de buena fé…

Aquí la brisa se levanta y define las formas femeninas.

Aquí la brisa se levanta y define las formas femeninas.

La Cartagena y sus mares

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