La danza de los flamencos en La Guajira colombiana

Son rosados para mis ojos y tienen las patas enteramente largas, el cuello prolongado y una finura elegancia que despierta latentes envidias, ellos se mueven sintonizados como enfilados y se llaman Flamencos, son los egregios del Santuario de flora y fauna Los flamencos, en Camarones, corregimiento situado en el departamento de La Guajira.2Los afrocolombianos, mestizos e indí­genas comparten buena parte de este territorio con el Santuario. Y Gabriel, de la casta de los Ipuana del pueblo indígena Wayuu, también, él es miembro de esta sociedad de compleja estructura social, con un conjunto de hábitos acondicionados a unas únicas circunstancias de vida. Se establecieron en los territorios de la actual Venezuela y el norte de Colombia, antes que hicieran con las fronteras francas divisiones.3Detrás del yotojoro (Stenocereus griseus) que sirve para la construcción de viviendas y enramadas, está Estela, indí­gena wayúu, tocando la brisa con sus morenas mejillas. Y entre sus manos, cálido se teje un bolso aguamarina, particular característica de algunas mujeres wayúu.  El sonido del carro tanque de agua, le distrae un poco y busca de prisa algún peso que pague algunos litros del lí­quido vital. Las cabras también levantan la cabeza, como reclamando el falso concho, empero, ellas tienen que esperar las bondades de los jagüeyes, o, en suma, que a los molinos de viento no se les haya paralizado la hélice. A decir verdad, Gabriel que, sí­ tiene al rí­o cerca, digamos a varias horas en bote, va y carga de forma considerable, pero como nunca es suficiente siempre es hostil este propósito.5En este vecindario o rancheria las casas o piichipas (viviendas) no están puestas en fila como acostumbran las urbes, más bien se acomodan de forma tal que no se advierten conglomerados. En la cocina la segunda esposa de Gustavo prepara Juricha a base de carne e intestinos de cabra. Y Wasuinkat, a base de panela fermentada. Mientras tanto, arde el sol y la brisa salpica minúsculas frescuras.6En el pioi, (patio) que es el espacio distinguido de baile, dos dividivis lentos balancean sus hojas, acaso esperando bailes de madrugada, acaso esperando a la Yonna, baile representativo wayúu, que inicia este con la curiosidad de la audiencia que, tras escuchar el redoble del tambor se dispone a contemplar el baile; un wayúu entra en el pioi y, a viva voz, reta a las wayúu presentes; una de ellas acude a su encuentro, circunda el pioi, se acerca al hombre, da un giro para presentarse y danza hasta cansarse ella o derribarlo a él, dos razones únicas para abandonar la pista y ceder el turno a una nueva pareja.7De la pesca de camarones también se discute en estos lados, en la Ciénega viendo al pelí­cano que no se espabila con la presencia del  bote. –Detalla el paleador–, los tiempos de cosecha, las formas y hasta detalla la venta, que se hace en Riohacha la capital de La Guajira. Los chinchorros se agitan con el viento y las olas golpean la orilla, niños y otros muchos confabulan con el mar. Y Gustavo, avisa, –está entrando su tío materno o el alüla personificando la autoridad al interior de su familia —es el llamado a solucionar diferentes putchis (problemas), que se susciten, como agravios, suicidios, injurias insultos, provocaciones. Se debe compensar por los agravios y se debe cumplir la palabra. Cumplir la palabra constituye uno de los más inestimables valores de la cultura de los wayúu; un hombre digno se fundamenta en el cumplimiento de su palabra. Y sí­, lo único que tiene un hombre es su palabra.

14               Ella es Margarita y su familia, viven en compañía de los flamencos.

8               Ella también habita la Ciénega

9               La garza blanca.

10               La cabra el bóvido trepador.

11               La buena compañí­a de los wayúu.

12               La Ciénega de los encuentros.

13               La ranchería de los wayúu.

15               El encuentro de mujeres.

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Fotos. Gwen Briand

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